por Anael el Lun Ene 14, 2008 9:49 pm
En ese momento, en aquél lugar había siete personas y doce cuadros. Sólo se habían dado la precaria referencia de un lugar: el centro de la sala. Ella esperaba sentada en el banco del que nacía el radio imaginario de su mirada, fugaz por las pinturas. A veces detenía la vista en el hueco de la entrada pero enseguida la desviaba, algo le empujaba a no mirar hacia allí. Creía mejor dejar la espera entre los óleos, o en las personas ambulantes de pasos intermitentes y pausas pensativas, abandonarse a la intensidad de los minutos.
En algún instante su pluma apareció despacio y se detuvo en el umbral. Al descubrir el interior de la estancia se detuvo en la figura sentada en el banco con una elegancia de apariencia tranquila. Era hermosa y distinta a como la había imaginado, pero ¿cómo imaginarla si nunca se habían visto, si ni siquiera se habían escuchado? Desde su centro, ella miró hacia la esquina y lo encontró.
El tiempo desapareció, y la sala, y el resto de personas, y las pinturas. El museo entero desapareció. Los perfiles, tan próximos, tomaron forma de un movimiento tan lento como el silencio, casi imperceptible... ¿Palabras? ¿Para qué palabras si aquellas miradas insurrectas decían todo lo imaginado? Parecía no existir movimiento y, sin embargo, el vínculo invisible disolvió el breve espacio entre los dos. ..
¿Cuánto pudo durar?, quién lo puede saber...
La magia está en el aire...y en la tierra también...
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Cuando se establece una conexión de corazón a corazón, de espíritu a espíritu,
la relación es siempre poderosa y justa. El deseo de aceptarse cada uno, tal
como somos... constituye el fundamento.